17/4/17

Y de pronto, te das cuenta de que te equivocaste...

De pronto comienzas a pensar en que en realidad hace mucho tiempo desde aquella vez en las que decidiste declararle la guerra a una persona que te tiraba indirectas por Twitter. Te das cuenta de que te equivocaste al usar en contra de esa persona todas las armas que alguien más te dio. Que tal vez era tu destino tener esa confrontación para que las cosas pudiesen empezar de cero, como debieron ser desde el principio. Te das cuenta de que han pasado dos años, poco más o poco menos, y que durante todo este tiempo no sólo juzgaste a la persona equivocada. Juzgaste a alguien a quien debiste conocer mejor, antes de armar un juicio basándote sólo en las palabras de alguien que, muy posiblemente, te engañó. De la misma forma en que hizo durante todo ese tiempo.

Llega un punto en el que tienen que estallar las cosas para que puedas darte cuenta de lo mucho que te equivocaste. De que llegaste a desconfiar de personas que al final demostraron ser realmente confiables. Y gracias a eso, confiaste en la persona equivocada. El único consuelo que puede quedarte, si supiste guardar tus reservas como siempre, es que no hablaste de cosas que no debías decir. Pero, ¿eso realmente sirve de algo? Al final, los momentos de apoyo y cariño mutuo no borran las acciones del presente. No borran el hecho de que al sentir la puñalada en la espalda, te sientes también en ridículo, pues tuvieron que pasar dos años para que pudieras darte cuenta de cómo dejaste que alguien moviera tus hilos.

Es extraña la sensación que llega al ver que justamente esa persona a quien atacaste es la misma con la que cierras un ciclo e inicias uno nuevo, y quien además te apoya cuando la verdad sale a la luz. ¿Cómo no hacerlo, si ella también fue víctima de esa persona?

Intentas defenderte, y sólo ves más y más máscaras. La traición duele más. Y al final, lo único que te importa es cómo terminaron las cosas entre la víctima y tú. Te das cuenta de que perseguiste a un inocente, sin darte cuenta de que el dragón se disfrazaba de caballero.

Y de pronto, te das cuenta de que te equivocaste. Notas cuántos errores cometiste. Pero lo más importante es que te das cuenta también de lo mucho que has madurado. De que fuiste capaz de dejar a un lado tu orgullo, con tal de disculparte con quien debías hacerlo. Eso es impresionante para ti, puesto que nunca antes lo habías hecho. Pero es una disculpa sincera. Palabras que salieron de tu corazón.

Y eso para ti es mucho más valioso.